Empiezas esa bonita relación con el corazón galopándote adentro y muchas ganas de correr como venaditos por la pradera, con esa personita especial.
Las primeras noches juntos son las mejores (no hace falta dar detalles, cochinos). Al día siguiente, el sol los descubre en el lecho, mientras ustedes se miran a los ojos al despertar, para preguntarse tiernamente: “¿Cómo amaneciste?”.
¿En qué momento cambian las cosas y surgen todas esas horripilantes canciones de desamor? Lo que te cautivaba, ahora te castra la paciencia y se vuelve un motivo para declararle la guerra a esa persona medianamente especial. ¿En qué resoplo del tiempo despiertas, miras a quien yace a tu lado y le preguntas: “¿Cómo? ¿Amaneciste?”.
Ni la ciencia ha demostrado en qué instante todo se empieza a desmoronar. Es una línea invisible, como la del amor y el odio, la vida y la muerte, el café con pan y la nata con moronitas, que no vemos ni sentimos. Simplemente la cruzamos sin darnos cuenta y cuando menos lo esperas, ya duermes en otro lado preguntándote qué pasó.
Esa línea, ese cruce imaginario, se llama Rutina y debería estar compendiado en los bestiarios de animales sanguinarios que buscan destruir a la raza humana. Hay que darle el crédito, eso sí, porque es la creatura más inclusiva de la Historia: no discrimina estrato social, sexo ni preferencias, edades o creencias. Se ocupa de todos. Es como una manchita verde que aparece en la pared y de pronto, cuando reparas en su existencia, ya tienes todo un ecosistema atentando contra tu nariz.
Es cierto que nadie nos enseña a convivir y que muchas veces nos llevamos lo mal aprendido en la casa hacia la nueva morada. Y pues nada, chifló a su flauta la pradera, con todo y venaditos.
Diario, con él o con ella, se trata de elegirse mutuamente. La aceptación de la otra entidad desconocida, pero amada, se forja todos los días.
Si no, pregúntame dónde está mi pantufla. ¡Uf!
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